viernes, 12 de julio de 2013

Paracas, donde el mar se funde con el cielo.

Muelle en Paracas.
El candelabro, de camino a las Islas Ballestas.


Viajamos de noche desde Lima hasta llegar a la Península de Paracas. La Panamericana nos acompañó. En cada parada que realizó el autobús comprendí que las personas somos idénticas en todas las partes del mundo: Todos pasamos hambre, tenemos frío o calor, dormimos y despertamos.  Compartimos los mismos miedos e idénticos sueños. Todos ansiamos progresar y hacernos ricos. Perseguimos la felicidad con la idea de que llegar a ella es el objetivo, sin comprender que ser feliz y disfrutar de cada instante es el camino. ¡Qué estúpidos somos a veces los humanos! La riqueza es abrir los ojos y ver el cielo, escuchar el canto de los pájaros y las risas del amado, oler el mar y acariciar las olas. Cuando no podamos saborear ninguno de estos placeres, entenderemos que la vida era más sencilla que lo que nos habían contado pero puede que, entonces, ya sea demasiado tarde. 

Lobos marinos descansando del baño.
Un fragmento de Cuando bailen las estrellas:


"La doctora Viera y Huamán se apearon en el cruce de Pisco y tomaron un taxi. Alejandra no sabía que llegarían a Paracas pero Huamán quería llevarla hasta allí, y yo me enteré de los motivos, porque había leído en el guión las intenciones del chamán. Él quería descubrir en qué lugar se habían encontrado tiempos atrás. ¿Podría haber sido Alejandra la mujer a la que amó en Paracas? En aquella península se mezclan los acantilados con las playas y las islas con los desiertos. Los animales campean a sus anchas, ya que el gobierno ha decidido proteger a todas las especies que allí habitan, excepto a las mujeres, los niños y los ancianos. Pelícanos, aves guaneras, pingüinos, delfines, lobos marinos, ballenas y flamencos, todos ellos conviven en armonía con el hábitat".
Pelícanos, cóndores, piqueros, flamencos... en las Islas Ballestas

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